Este video lo grabamos con mi hermano Nicola en su casa –que era también el histórico set de Directo en Lavapiés– un tiempo antes que la gentrificación que sufre el barrio hiciera que se vendiera el edificio completo a un fondo buitre y todos los inquilinos tuvieran que buscarse la vida.
Con
Dadu nos conocemos desde hace más de diez años y es una de mis grandes amigas.
La admiro muchísimo como compositora y como actriz. Tiene un talento hermoso
para el humor y me divierto un montón con ella, arriba y abajo del escenario.
Hace unos años grabamos un video de su genial Cumbia Wi-fi vestidos de novios,
yo con traje y moño, ella con vestido blanco y una peluca fucsia.
Con Elenita compartimos varias noches de micros abiertos en el Calvario –el
histórico bar de cantautores de Lavapiés–. Yo había ido de gira a presentar
Amores Bonsái, y ella estaba estrenando su proyecto de Elenitakatá. Me gusta
mucho su manera de componer y la alegría de su música. Tenemos muchos amigxs
queridxs en común de ambos lados del Atlántico, así que ya me caía bien desde
antes de conocerla.
Ese día filmamos dos videos. Además de Dadu y Elenita grabaron Manu y Dani y al
terminar bajamos todxs a tomar cañas al Mercado de San Fernando, a pocas
cuadras de ahí. Era pleno verano y el barrio estaba radiante, colorido, lleno
de gente, con esa alegría multicultural que lo caracteriza.
Después me fui con ellas y con Yamila al recital de María Pelae en las Fiestas
de San Lorenzo. No teníamos entrada pero un fuerte amago de tormenta hizo
desistir a algunos de los que la tenían y se liberaron lugares. Gran show,
mucha energía. Creo que fue el único concierto que vi estilo pandemia con sillas
cada dos metros y barbijos.
Unos días después volví a Buenos Aires, pero recién en la primavera siguiente grabé
mi parte del video. El encendedor que está en la portada me lo regaló Elenita el
día que filmamos. Nicola y el set de Directo en Lavapiés dejaron el barrio al
año siguiente y se mudaron a Cuatro Vientos.
Conocí a Vanesa en un bar de la calle Fuencarral. Era amiga de la Punky, que a
su vez era amiga de Sergio, mi compañero de piso. Me había mudado a Malasaña un
año antes con él y Juankar, después de separarme de Cecilia, dormir una semana
en el sillón de Gustavo y encontrar un anuncio en la pared de un estanco sobre
una habitación libre.
Poco después empezamos a salir. Vivimos dos años increíbles –porque juntos
éramos maravillosos–, seis meses en crisis –porque ninguno supo decir qué necesitaba–,
y un tiempo en el que estábamos separados pero a veces dormíamos juntos y que nos
terminó llevando a esos finales que duelen tanto que te hacen escribir
canciones sobre ellos.
En un arrebato de literalidad la vida hizo que mi última casa con Vanesa
quedara en la Calle del Desengaño, a metros de la Gran Vía. Desde
el balcón veía las peleas de los dealers, los proxenetas, las prostitutas, los yonkis
y la policía en la puerta de mi casa. Cosas que te da vivir en el centro de
Madrid.
Cuando me mudé a Lavapies escribí esta canción. Jugaba mucho al PES con Iván para
no pensar en ella, pero también me pasaba horas en mi habitación escribiendo, a
modo de catarsis o exorcismo. Nadia hacía teatro con nosotros y venía siempre a
casa y mirábamos películas lxs tres juntxs. Meses después nos mudamos a San
Vicente Ferrer 17.
Uno de los tantos trabajos que tuve en mi vida fue haciendo promociones de
bebidas alcohólicas en discotecas de toda España. Hice de actor, presentador,
coordinador y hasta de bailarín, una vez que faltó uno. Sandra era bailarina en
esas fiestas y Vanesa me había hecho escenas de celos por ella.
Cuando me dejó, la vi varias veces –quizás un poco por despecho, un poco por mi
autoestima, pero sobre todo porque Sandra era divina y tenía una alegría natural
que contagiaba–. Hasta organizamos una orgía que salió fantástica, una noche de
verano en mi casa de Malasaña.
El dardo que está en la portada de este video era de un kit que se regalaba en
esas promociones y lo puse en representación de algunas de todas las cosas que
hice cuando Vanesa se fue.
¡NUEVO #CancionesDesdeElBunker! Con el maestro Zambayonny hicimos mi canción Cuando te vas. #RodrigoSoler #ZambaYonny #CuandoTeVas
Un
día me llamó Romina y me dijo que tenía entradas para ver la presentación
oficial del nuevo disco de Zambayonny –Hotel de Canciones– en el Teatro Ópera.
Yo conocía su música pero nunca lo había visto en vivo. Esperaba encontrar un
montón de esas letras que te hacen reír con un poco de culpa mientras te mirás
con el de al lado como diciendo “¿Posta dijo eso?”, pero encontré mucho más. No había escuchado sus últimos discos, en los que había dejado un poco sus
letras más bestias para contar historias desde otro lugar, y me sorprendió
muchísimo. El show estuvo increíble. La banda maridaba perfecto con ese lado de
él que no conocía, y al final de la noche –cuando las canciones más animales
llegaron– la barra brava de Zamba copó las primeras filas y las transformó en
una popular a puro estribillo. Años después lo conocí en persona, cuando él y Rafa vinieron a casa a filmar a
dúo para Directo en Baires. Fue una gran tarde entre canciones, charlas de
fútbol –Rafa aún dolido por la partida de Messi del Barcelona– y también de
bares, shows y ciudades a ambos lados del Atlántico. Este video lo filmamos un año después, durante el Mundial de Qatar. Como buenos
futboleros elegimos el 12 de diciembre porque no había ningún partido. Al día
siguiente, Messi –como si aún fuera ese nene de veintipocos años que
maravillaba a Rafa en el Barcelona– lo sacó a pasear a Gvardiol durante sesenta
y cinco metros y se la dio en bandeja a Julián Álvarez para llevar a Argentina
a la final del mundo. Sentí que “Cuando te vas” era la letra mía que más ganas tenía de cantar con
Zamba. Es una canción especial para mí y es un honor cantarla con él, primero porque
admiro su forma de escribir, sus rimas, sus historias, su talento para la ironía
y su facilidad para la incorrección política. Y segundo, Francia.
Mientras escribíamos la letra con unos acordes de Mike, unos míos y el cadáver
exquisito con el que arrancamos, me imaginé la estación de Retiro, el andén de
madrugada, el cambio de energía entre el fin de la noche y el comienzo del día,
el despertar de la ciudad como metáfora de resurrección.
La última vez que me tomé un tren en Retiro fue antes de la pandemia. Nos
fuimos con Mailé a Tigre a pasar el día. En el viaje pasó un vendedor ambulante
ofreciendo el Uno. Compré un mazo y se lo regalé a ella. También fue Nico –que hizo
en bicicleta esos 30 km–, y allá nos esperaba Iván. Fuimos a comer al lado del
río y luego nos sentamos en el embarcadero a fumar. Nos volvimos poco antes del
anochecer.
Una vez viajé en tren a La Pampa. Salía de Once y tardaba 15 horas en hacer 545
km porque las vías estaban viejas y si iba más rápido descarrilaba. Ya no
existe. Por Loventuel ya no pasaba desde la privatización de los años noventa, cuando
cerraron todos los trayectos que no generaban ganancia dejando decenas de
pueblos fantasmas desperdigados por el país.
Las batallas nocturnas se apuran a definirse antes de que llegue la luz. Los
últimos pasajeros de la noche se mezclan con los primeros del día. La poesía
implícita en las estaciones de tren, la nostalgia ineludible de los que dejan
la ciudad, la ilusión inocente de los que llegan. Y se va la luna, a veces como
sin querer y a veces más tarde, cuando ya el sol inunda la ciudad y todo se ve
mucho más esperanzador.
Que se abran las ciudades, que las calles canten su canción y las utopías vuelvan
a jugar, que las sombras vuelvan al rincón, que las heridas vuelvan a sanar, y
que nunca nos olvidemos que por más invisibles que nos parezcan nuestras almas,
la vida siempre está a la orilla de lo increíble.
NUEVO #CancionesDesdeElBunker! Con Miguel Lo Cane compusimos A la orilla de lo increíble.
Empezamos a componer esta canción en mi búnker, yo tenía una progresión de acordes y Mike otra así que musicalizamos una parte cada uno. Después fuimos a la cocina y hablamos sobre qué queríamos narrar. Decidimos arrancar la letra con un cadáver exquisito. Soltamos algunas frases cada uno doblando un papel y así salió la primera estrofa. Seguimos intercalando frases de cada uno y completando la letra
Elegimos hablar de los instantes previos al amanecer, nos imaginamos un escenario
urbano, una ciudad renaciendo, el reflejo de la luna, la metamorfosis de la
noche en día como si fuera una libélula transformándose en una mariposa. Yo me
imaginé una estación de tren. Mike pensó en algo expansivo.
Cada vez que venía tocábamos un par de veces la canción, armábamos algún coro o
algún arreglo nuevo, la grabábamos, y luego nos íbamos a la cocina a escucharla
mientras tomábamos café, cerveza o vino. Filmamos en diciembre, yo después me
fui a Uruguay y de gira a la costa, y le mandé la primera versión del video mientras
él viajaba de vuelta a Buenos Aires.
El fin de semana nos juntamos a almorzar, ultimar detalles y a conseguir el
objeto que saldría en la portada del video. Queríamos algo que simbolice la noche,
el renacer, la ciudad o la transformación. Así que salimos a la calle a buscar
un búho, un edificio, una luna, una libélula, una mariposa. En un bazar a tres
cuadras del Congreso encontramos unos búhos medios descascarados. El que está
en la portada es el único que tenía los dos ojos sanos.
En la cultura celta se pensaba que el búho era el Guardián de la noche, que
velaba por las almas y que podía verlas. Las madrugadas, las estaciones y las
ciudades están llenas de almas invisibles, de vidas anónimas, y de personajes que
van por la vida esperando encontrar a alguien con la misma sensibilidad visual
que los búhos.
David tenía una sala de conciertos en Quito. Se llamaba La Estación y es uno de
los lugares más lindos en los que toqué. Tenía murales, un montón de libros
abiertos pegados en las paredes y en un rincón, dibujado sobre varios de ellos,
un retrato de Hemingway que me encantaba.
El fondo del escenario era una enorme estantería llena de radios y televisiones
viejas, tambores, botellas, veladores, retratos, pinturas, fotos, y muchos frascos
con líquidos y cosas indescifrables en su interior. Todo ese quilombo y una
iluminación linda te hacían sentir en casa.
Ahí coincidimos con L., con quien compartimos escenarios, canciones, cervezas, y
algunas noches y desayunos. Un idilio amoroso que duró hasta el fin del viaje y
nos hizo sentir un poco menos solos estando lejos de casa.
Yo me había separado de M. la noche anterior a viajar a Ecuador, luego de unos
meses intensos e impulsivos. Venía de una época de cierto miedo y con M. había
bajado la guardia pero tuve que irme de ahí porque ciertos amores o te hacen
sentir increíble o te destrozan.
Cuando era chiquito mi mamá nos llevó a mí y a mi hermana a la Feria del Libro
y nos regaló ¡Socorro!, un libro de
terror para niñxs escrito por Elsa Bornemann, que estaba ahí y nos lo firmó con
un “Para Rodrigo y Romina, para que lo lean al sol” porque decía que las
historias de terror debían leerse de día así daban menos miedo y podían
disfrutarse más.
Uno de los cuentos era de unas nenas que se daban la mano en la oscuridad para
no tener miedo una noche de tormenta y cuando amanecía se daban cuenta que las
camas estaban lejos y que no había manera de que llegaran a tocarse entre ellas.
Pero terminaba con “acaso a veces los fantasmas también tengan miedo y nos
necesiten...” y me di cuenta que era un libro escrito para perderle el miedo al
miedo. Gracias, Elsa.
La pandemia —la mayor época de miedo que vivimos como sociedad— consiguió cerrar
momentáneamente La Estación. Nos quedamos sin lugar de reunión, sin todo el
arte que pasaba por ahí y sin el retrato de Hemingway. Ojalá algún día vuelvan
todos ellos.
El primer día que nos juntamos en Quito con David, yo había llevado una estrofa
escrita y varias ideas por la mitad. Con Sol habíamos decidido hablar del miedo,
pero del miedo como resistencia, como herramienta, como desafío: Ir hacia
nuestros más grandes temores porque allí reside nuestra única esperanza.
David probó una armonía y yo iba inventando melodías arriba con esa estrofa que
llevé, hasta que encontramos lo que queríamos. Luego me senté al piano y probé
una parte B a modo de estribillo, él le agregó algún acorde y dejamos eso medio
bocetado. Sol no había podido venir y luego se iba de viaje, así que lo
encaramos entre él y yo.
Días después me fui a Cuenca a ver patinar a Valentina. Paseamos con Romina por
la Plaza de las Flores y en el centro de artesanos encontramos esta figura del Aya
Huma, un ser mitológico de las leyendas indígenas de Ecuador, un espíritu
guerrero que tiene la energía infinita de las montañas y ahuyenta a los
demonios de las cosechas. Cuenca estaba tan linda como la recordaba. Fuimos a jugar
al bowling y a comer a lo de Fabián. Valentina ganó la medalla de plata.
Volvimos en auto por una carretera de montaña que iba serpenteando por la
ladera mientras atravesaba varias veces las nubes. Luis manejaba. Romi cebaba
mate. Jugábamos a casa o árbol para divertir a Valentina. En algunos momentos
de silencio seguí escribiendo la letra.
Nos volvimos a juntar con David, terminamos de armar la canción, la pasamos dos
veces y no sólo la grabó sino que después como no tenía manera de hacerle
escuchar la base, improvisó los solos escuchando sólo el metrónomo. Cuando
terminamos cocinó pasta y nos fuimos a tomar café por la González Suárez.
Me da mucha alegría haber podido hacer esta canción y este video con él, y
celebro su talento para armarlo a contrarreloj porque ese mediodía en su casa
era el único momento en que coincidíamos antes de que me suba al avión que después
de hacer escalas en Guayaquil y Santiago de Chile me traería de vuelta a Buenos
Aires.
El
cenicero lo compramos con Cecilia la primera vez que estuvimos en Barcelona, de
donde es Rafa. Imita el estilo de Miró –que también era catalán– pero nunca
pude encontrar a qué cuadro pertenecía y ahora pienso que en realidad a alguien
se le ocurrió hacer souvenirs con dibujos lo suficientemente parecidos a los de
Miró como para venderse como tales pero lo suficientemente distintos como para
no pagar derechos de autor.
Una vez se rompió en varias partes. Lo pegué, pero estas mitades volvieron a
romperse tiempo después. Decidí dejarlas así, y buscando la mejor posición para
ponerlas en la biblioteca se formó esta especie de cara bufonesca y me acordé
de El Carnaval del Arlequín –cuadro que sí es de él– y me pareció señal
suficiente para dejarlo así. Un poco más Miró que antes.
Cecilia vino a Madrid unos meses después de que dejé Buenos Aires. Allá vivimos
juntos en cinco casas distintas, todas compartidas salvo un monoambiente interior
en la calle Galileo 11, nuestra única casa en soledad. Bueno, en soledad fuera
de la pareja porque en 23m² unx nunca está solx. Me sentaba en el suelo del baño
a componer porque era el único lugar que tenía puerta. La cama se bajaba desde
un armario y la ventana en realidad era un ventiluz.
Mirábamos películas y comprábamos muchos libros, que leíamos en el Metro aprovechando
que trabajábamos al otro lado de la ciudad. Los jueves a la noche mirábamos a
Buenafuente en Antena 3, en el mismo televisor donde vimos las primeras
imágenes de los atentados del 11 de marzo.
Éramos unxs niñxs, vivíamos como podíamos, convivíamos como podíamos. Durante
esos años Cecilia fue mi familia, y soportó mis silencios, mis ausencias y mis
guerras internas todo lo que pudo. El cenicero lo había comprado ella pero no
se lo llevó cuando se fue. Y yo viví varios años más en la guerra conmigo.
Nuevo episodio de Canciones desde el Búnker con el gran Rafa Pons. #CancionesDesdeElBúnker #RodrigoSoler #RafaPons #EnLaGuerraConmigo
Conozco
la música de Rafa desde hace muchos años cuando, no recuerdo cómo, llegó a mis
oídos su canción Julia Roberts, en la que va hilando maravillosamente títulos y
situaciones de películas de Hollywood poniéndose en la piel de un antihéroe que
sueña con encontrarse a la actriz en su personaje de Mujer Bonita.
El año pasado lo pude ver en vivo en El Matadero de Madrid. Era un 24 de julio hermosamente
caluroso y yo me había escapado del invierno porteño así que era feliz. El show
se llamaba Exige tu propia aventura y tenía algo que nunca había visto en un recital:
a través de una app la gente podía ir votando entre una u otra canción, y él
cantaba en ese momento la más votada. Fue un gran concierto.
Nos volvimos a ver en Argentina, cuando vino con Zambayonni a grabar a Directo
en Baires. Cantaron dos temazos y hablamos de música, de barrios, de Buenos
Aires, de Messi, del Barcelona. Unos meses después volvió y filmamos este video,
una tarde que de repente se hizo noche en pleno invierno porteño.
Desde que quise grabar esta canción para el ciclo, Rafa se me venía a la cabeza
constantemente como la persona a la que debía invitar a cantarla conmigo. Para
mí fue un honor poder hacerlo. Y creo que todo lo que dicen estas estrofas podría
tranquilamente ser cantado por ese antihéroe hollywoodense al que dio vida
cuando escribió la primera canción suya que escuché.
Gabriel
se fue a vivir a Madrid hace dos semanas. Será su primera navidad solo en Europa.
Las navidades europeas son distintas a las argentinas, el invierno te hace
vivirlas distinto.
Solemos estar más vulnerables en invierno y es más probable que la soledad nos atraviese
y nos lastime. No es excluyente, claro. Podemos estar tristes en el mejor de
los paraísos tropicales, porque la soledad viaja siempre con nosotros, cuando
duele y cuando no. Y a veces es nuestra única compañía.
Cuando viví en Madrid, hubo una Navidad en la que estaba muy triste, bastante
solo y sin nada que festejar. Vivía en Lavapiés, muy cerca de donde Gaby está
viviendo ahora. Me había separado de Vanesa un tiempo antes y estaba en una de
esas épocas en las que se me acumulan las derrotas.
Iba a pasarla solo pero a Javier se le había muerto su padre en esos días y
estaba tan peleado con las fiestas como yo así que organizamos una Antinavidad:
Hicimos fideos –la comida menos navideña que se nos ocurrió–, no hubo regalos, no
brindamos a las doce… y no recuerdo por qué, pero tenía una cabeza de títere de
Papá Noel, y nos pareció consecuente ir quemándola con un encendedor a modo de venganza
con la vida. La tengo hasta el día de hoy, supongo que como recordatorio de una
de las veces que toqué fondo, porque acordándonos de cuando caímos también nos
acordamos de cuando nos levantamos.
Días después mis amigos Gustavo y Alejandra me invitan a pasar año nuevo con
ellos y otras personas. Ese 31 de diciembre conocí a Aurore, que había venido
de Francia a hacer un máster en Filosofía y durante unos meses destruyó todas
mis penas de amor con su belleza, sus besos, su locura y esa fuerza
incontrolable que le daban sus 22 años. Era fuego, y viento, y raves, y marcas
en el cuello, y risas, y quilombos, y palabras en francés recitadas al oído.
Me decía j’ai froid cuando tenía frío y me abrazaba y yo la abrazaba y
definitivamente Aurore hizo que ese invierno fuera mucho más cálido, y que doliera
muchísimo menos. . . . . . . NUEVO #CancionesDesdeElBunker, con Gabriel Ventura Gulí
Con
Gaby nos conocimos hace muchos años en el Cantaloop de nuestra querida Alina,
durante un caluroso verano porteño. Un tiempo después lo invité a Sesiones Porteñas
y grabamos un video, luego él me invitó a cantar en uno de sus discos y en
varios shows, y también nos juntamos muchas veces a comer, beber, fumar, zapar
y reír hasta hacernos grandes amigos...
Esta canción es la primera que nació para el búnker y que no está en ningún
otro lado. Hasta ahora sólo había hecho versiones de temas de mis discos. Con
Gaby queríamos hacer algo juntos desde hacía un tiempo y decidimos intentar
componer algo y grabarlo antes de que se fuera a vivir a Madrid.
Nos juntamos varias veces a ir dándole forma y finalmente –a dos días de la
fecha límite– armamos el rodaje y filmamos. Atrás de cámara estaban Ratola y el
Jipi. El Búnker se llenó de amigos.
La canción habla de una pareja que se termina, y de alguien yéndose a buscarse a
sí mismo al otro lado del mundo. Habla del dolor de lo que terminó, del amor a
lo que fue, del crecimiento mutuo, de lo que queda y de lo que ya no volverá….
En definitiva, de todo lo que nos enseñan los grandes amores.
Y también de la necesidad de respetar las distancias elegidas cuando el frío,
los días cortos, los árboles sin hojas y el imperante gris que cubre el cielo
la mayor parte del invierno nos hagan dudar de nuestra decisión de alejarnos y necesitar
oír esa voz que durante tanto tiempo fue nuestra casa.
Este viernes NUEVA CANCIÓN: “Cuando el invierno duela”, escrita con mi querido @gabrielventuraguli para #CancionesDesdeElBunker
Lisboa y Londres los conocí con Nadia. Cuando teníamos unos días libres
mirábamos a qué capital europea salía más barato viajar y nos íbamos. Vivíamos
con ella y con Iván en Malasaña –nuestro barrio favorito de Madrid–,
trabajábamos de lo que fuera y hacíamos teatro juntxs.
Candem Town es un refugio alternativo en pleno Londres, con mercados
laberínticos llenos de tiendas surrealistas y un zoológico hermoso de gente
increíble. Ahí le compramos a Iván unas réplicas de los cuadros que hacía el
pintor heroinómano de la serie “Héroes”, con los que predecía el futuro. El
cuadro más famoso era el de “Salva a la animadora, salva al mundo”. The World’s
End está en la entrada del barrio y a Nadia y a mí nos pareció el lugar
adecuado para nuestras primeras pintas londinenses.
Con Iván recorrimos Marruecos durante veinte días. Estuvimos en Marrakech,
Essaouira, Sidi Kaouki, Asilah, Tanger, Chaouen y Fez. Las medinas de las
ciudades árabes son básicamente un laberinto de callejones rodeados de una gran
muralla. El día que llegamos a Marrakech hacía 47 grados. Los ancianos tomaban
té de menta muy caliente y decían que era lo mejor para combatir el calor. Lo
probamos. Tenían razón.
El Barrio Alto de Lisboa es un barrio distinto dependiendo la hora. De día está
lleno de galerías de arte y tiendas de diseño y de noche los bares sacan barras
a la calle, ponen bandas en vivo y explota de gente. Nos perdíamos con Nadia por
las calles yendo de bar en bar entre la multitud, los mojitos, la música, los
dealers y los turistas.
Aquel día en Londres me compré un imán de “Salva a la animadora, salva al
mundo” y hoy, trece años y una mudanza intercontinental después, sigue
sorprendentemente pegado en mi heladera. Es el que está en la portada de este
video.
Esta canción habla de perseguir la inmortalidad, la poesía y la aventura en
cada viaje. Iván y Nadia son mis superhéroes favoritos y con ellxs viví muchos
de los momentos más felices de mi vida. Candem Town, el Barrio Alto o la Medina
de Fez son sólo algunos de los laberintos que recorrimos juntos. . . . NUEVO #CancionesDesdeElBunker, con Flor Albarracín
Las plantas –que poco a poco van formando una
selvita– tienen varias funciones en el balcón de Flor. Una de ellas es ayudar
al jacarandá que está en la puerta de su casa a ir tejiendo poco a poco un
paisaje verde que oculte al menos en parte a la Avenida Santa Fe. Lo plantaron
cuando se fue a vivir ahí y la primera vez que entré a la casa de Flor apenas
llegaba al piso del balcón, era poco más que una promesa a futuro, pero un par
de años después ya tiñe de verde las vistas, escondiendo una parte de asfalto.
Las plantas también, se fueron enmarañando entre las rejas del balcón, unas con
otras, combatiendo el gris y llenándolo de vida.
Nuestros ensayos incluyeron jardinería, charlas existenciales, zapadas sobre la
pentatónica que forman las teclas negras del piano y excursiones por el barrio
para conseguir chipá.
Nos mostramos y convidamos varias cosas entre nosotrxs. Ella, panes de masa
madre y cafés. Yo, habas tostadas y mermeladas de higo. Ambos, gajitos de
plantas para el balcón del otrx y consejos para cuidarlas.
Cuando empezó la cuarentena yo venía probando pianos para –por fin– comprarme
uno. Había ido a varios lugares y probado cerca de cuarenta pianos diferentes,
con la fe de saber en el instante de tocarlo cuál era el mío. Flor me recomendó
el lugar donde compró el suyo, y ahí finalmente encontré el piano que buscaba,
un F. Geissler al que adoro muchísimo y al que estaré unido de por vida.
Nos conocimos un día que Flor vino a grabar para Directo en Baires, llegó con
su acordeón y tocó y cantó con una potencia increíble una canción hermosa… y
luego la vida y la música nos fueron cruzando en diferentes situaciones, en diferentes
canciones, en diferentes escenarios.
Esta versión la armamos un poco en su piano –que está justo al lado del balcón
y del jacarandá– y un poco en el mío, ese que encontré gracias a ella.
ESTE VIERNES NUEVO #CancionesDesdeElBunker con Flor Albarracín.
Los Grillos es una pequeña calle a las afueras de Bariloche, muy cerca de Playa Bonita, que es un lugar increíblemente hermoso y pacífico a orillas del lago Nahuel Huapi, por la zona de los kilómetros.
El jinete estaba justo frente a la puerta de la casa de Julieta, las ramas del nogal se unían para dibujar un hombre montado a caballo. Cada vez que mirábamos para afuera lo veíamos.
De esas calles habla la canción, de una noche cuando se cortó la luz en todo el barrio mientras volvíamos hasta su casa y seguimos caminando completamente a oscuras. Una oscuridad densa, casi palpable.
En ese viaje yo iba a dar un par de shows, pero estando ahí el volcán Calbuco entró en erupción, llenó Bariloche de cenizas, y se suspendieron clases, vuelos y, por supuesto, recitales.
Había estado todo el día sentado en Playa Bonita mirando el lago en silencio. Era abril, así que estaba desierta. A la hora del atardecer empecé a ver a lo lejos una nube de humo y comenzaron las alarmas, los mensajes, la incertidumbre. Compramos provisiones y nos encerramos en casa. Al otro día, el jinete y el resto del nogal estaban completamente grises, como todo lo demás que estaba afuera. Volví a Playa Bonita y ese lugar tranquilo y soleado ahora tenía un aspecto apocalíptico, cubierto por un manto de cenizas volcánicas desde el cielo hasta las piedras y el agua.
“Ahora es cuando” decía un cartel que levantamos de la calle e intervinimos escribiéndole y pegándole cosas durante la época en que Julieta vivió en Buenos Aires.
La compuse en plena grabación de Amores Bonsái y quise incluirla porque una charla con Julieta fue la culpable de que el disco se llame así.
Los amores bonsái son esos amores que en cierto modo cuidamos y mantenemos, pero a los que les cortamos las ramas, las raíces, y no los dejamos crecer, ni llegar a lo que podrían ser. A veces por arrastrar miedos, dolores, culpas, fantasmas, demonios. A veces porque el amor que nos tenemos uno a otro no alcanza. Y a veces porque a quienes no queremos es a nosotrxs mismxs.
NUEVO #CancionesDesdeElBunker, con mi queridoJulian Oroz❤️.
Desde hace varios años con Julián compartimos charlas, rondas, escenarios, partidos, cervezas, amigxs, videos, canciones. Hace un par de años nos juntamos diez cantautorxs para hacer un show en Café Vinilo, entre ellxs nosotros dos. Nos dividimos en duplas que se decidieron por sorteo.
Nos tocó juntos y teníamos que armar dos versiones de cada uno. Eso provocó que quedemos varias veces, y además de ensayar, charlamos mucho de nuestras historias, de las de las canciones, de San Lorenzo, de Madrid, de cruzar fronteras con la música, de política, de la muerte, de la vida.
Una de las canciones que tocamos en ese show se llama Aurora. Se la escribió a una abuela a la que quiso mucho. Yo también tenía una abuela que se llamaba Aurora a la que adoraba y fue hermoso poder cantar esa canción juntos.
Otra de las canciones de esa noche fue Julieta y el jinete del nogal, cuya versión original es sólo con piano. Un día me mostró esta versión en guitarra y me pareció preciosa, y decidimos hacerla así. Para mí es un lindo recuerdo de esas charlas y un festejo de nuestra amistad cantarla con él.
El alhajero de tela que está en la portada me lo hizo Julieta para un cumpleaños y adentro estaba lleno de esos papelitos cerrados para que los vaya abriendo cuando quiera con mensajes, frases, preguntas, respuestas. Una especie de oráculo hippie que me iba a acompañar durante un tiempo. Los primeros los fui abriendo relativamente rápido pero poco a poco fui espaciando más esos momentos.
Tardé años en abrir el último. Sentía que mientras me quedara alguno por leer Julieta aún tenía algo que decirme.
Fue una salida, un escape, un refugio, un búnker. Grabar estas canciones me ayudó a pasar el encierro y la lejanía de gente querida. Poder conectar con ellos y con mi gente fue hermoso.
Es la canción que abre Diletancia, mi primer disco. En el disco empieza con un diálogo de Hank Moody hablándole a Charlie Runkle en una escena de “Californication” donde Moody se siente traicionado por Runkle.
Habla de mi relación con Jimena. De mis miedos y los suyos. De nuestros fantasmas. De nuestros demonios. De las heridas que arrastrábamos desde antes y fueron desarmándonos con el tiempo.
Jimena sacó la foto de la tapa del disco. Un día subimos el sillón y todo lo demás a la terraza de mi edificio y tiramos fotos hasta que salió la definitiva. En la tapa del disco aparezco con una zapatilla azul y una roja sentado en un sillón -que aún tengo todo destartalado en mi balcón, para ver atardeceres- y tengo puesta una remera de la boa y el elefante de El Principito.
Me rodean el cuadro “Seres extraños sonríen a quien los mira” de mi hermana Romina, dos teléfonos viejos, tres relojes fuera de hora, una cabeza de Papá Noel que quemé con un encendedor durante una anti navidad en Madrid, unos dados que me gané en una feria mientras tocaba en una orquesta por pueblos de Castilla y León y que llevamos toda la gira colgados en el retrovisor del auto, y una guitarra con el clavijero partido que llevaba tiempo sin arreglar (luego la arreglé y Jimena se la terminó quedando).
También se ve una lata del Peor para el Sol, un bar sabinero al que íbamos con los templarios y que estaba enfrente de San Vicente Ferrer 17, mi última casa en Madrid y donde viví con la Chica ChicMenea y el Gran Titiritero (que aparecen en mi canción Presos de este carnaval y en varias más). Por último aparece una cabeza de títere de diablo que me acompañó por varias casas (igual que otros de mis demonios) en Madrid y en Buenos Aires.
Grabarla con mi hermano Aitor me transporta a Madrid, a cuando la cantamos juntos en mi show despedida de 2018 en Alevosía, un bar de poesía que ya no existe pero del que tengo un hermoso recuerdo. Y poder hacer música juntos en plena pandemia fue un regalazo.
Lo bueno de los fantasmas es que nos recuerdan nuestros miedos y ponen a prueba nuestra capacidad para derrotarlos. Lo malo también.
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NUEVO #CancionesDesdeElBunker con AITOR FLAMINGOS.
#CancionesDesdeElBunker#RodrigoSoler#AitorFlamingos
En mi viaje anterior a Madrid, el que tuve que hacer en febrero en pleno brote de la cepa británica, nos juntamos con Aitor a charlar, a beber, y a grabar un video. Salió todo hermoso, pero cuando volví a Buenos Aires, mientras descargaba el material un disco rígido colapsó, corrompió los archivos y no hubo manera de recuperar nada. Todo el material se perdió. Luego del quinto intento de recuperación, desistí.
A la distancia, coordinaba para que Aitor vaya a lo de mi hermano Nicola y que graben en Madrid y me envíen los archivos. Pero por esos días me llama Nadia y me ofrece volver a España. Dije que sí.
En esos meses Aitor cambió de casa. Su nuevo piso está en el corazón de Lavapies, tiene una gran ventana a la calle con plantas y un montón de luz, el sol inunda la mitad del salón a ciertas horas y tiene un piano hermoso y afinado con el que zapamos en mi despedida, unos días después de haber filmado nuevamente el video.
En mi gira del 2018 mi amiga Jor me estaba produciendo unos shows en Madrid y el más importante era en El Intruso, una sala hermosa entre Malasaña y Chueca, junto a otra artista. De pronto, por cambios de fechas la artista ya no podía ese día. Teníamos menos de un mes para conseguir con quién compartir noche.
Le escribo a la Tipití contándole a ver si se le ocurría alguien. Tipi le sacó fotos a medio mundo cantautoril madrileño así que los conoce a casi todos. Nombró automáticamente a Aitor. Me pareció una gran idea. Hablo con él y me entero que el día del show era su cumpleaños. Dos horas después teníamos armado un concierto juntos con festejo incluido.
La Tipití hizo magia una vez más y terminó generando una noche increíble, que derivó en otras noches increíbles en Madrid y en Buenos Aires, y en que yo me haga muy amigo de mi querido Aitor.
El flamingo que está en la portada de este video lo hizo la Tipití y lo tiene Aitor en su escritorio.
Amo ir a Madrid y brindar, fumar, reír, bailar y abrazarme con ellos cantando a los gritos canciones de amor. Siempre al borde del acople. Porque para qué queremos norte si tenemos arte.
Este viernes nuevo video de #CancionesDesdeElBunker, con Aitor Flamingos.
Esta canción no sólo habla de Jimena sino que hay
algunas frases y palabras de ella mezcladas entre las mías. La escribí luego de
recibir una carta suya, y como algunas cosas no se me iban de la cabeza decidí
incluirlas, como pequeñas intervenciones de Jimena en la letra que estaba
escribiendo.
Una vez nos fuimos a Chilecito, a perdernos en el medio de la nada, hacer té de
San Pedro y mirar cómo los guerreros diaguitas nos vigilaban desde las laderas
del río mientras custodiaban la zona reencarnados en cactus. Las nubes
empezaron a dibujar sus rostros, nos miraban, nos saludaban.
Un zorro desorientado apareció de repente en el medio de la nada, se sorprendió
al vernos, nos clavó la vista durante unos segundos y salió disparado y
desapareció para siempre. Esa imagen del zorrito nos quedó grabada, Jime la
dibujó, y cuando estábamos haciendo la tapa de Diletancia y tuvimos que
inventar un sello discográfico para que CAPIF nos dejara registrar el disco
elegimos ese dibujo como el logo de la discográfica. Le pusimos Curtite Discos.
En esos días en que estuvimos en la montaña murió Spinetta. Nos enteramos tres
días después.
Al volver fuimos a un Quilmes Rock donde tocaban Fito y Charly. Fuimos con
distinta gente, en algún momento nos encontramos, en algún momento nos
perdimos. Algo un poco se rompió ese día.
El recital fue increíble, Fito tuvo una noche mágica. Salió de traje blanco con
corbata negra, y metió un repertorio muy rockero, muy power. Estrenó un tema en
homenaje a Spinetta. Charly metió una limusina en el escenario y salió con un
guardapolvo beige, una remera del primer disco de Almendra y el brazalete de Say
No More.
Unos meses después, Charly tocaba en el Estadio Único de La Plata y fuimos con
Jimena. Bailamos mucho, nos reímos un montón, fue un gran show. Y fue la última
vez que vi tocar en vivo al Negro García López, que murió dos años después en
un accidente. Volví a ver a Charly cuando estuvo en silla de ruedas como
invitado de Páez en el show por los 30 años de Giros. A Fito lo vi varias veces
luego de eso. A Jimena hace años que no la veo.
#CancionesDesdeElBunker, con mi querida
@carovillani_ ❤
Con Paca nos conocemos desde hace muchos años. Yo le digo Paca porque su
usuario antes era caropaquita y ahora ya no lo es pero me gusta decirle Paca.
Nadie más le dice Paca.
Hicimos música juntxs muchas veces, nos subimos a escenarios, nos pusimos
delante de cámaras, creamos intervenciones y una tapa de disco.
Dos veranos seguidos alquilamos una quinta con ella y varixs amigxs a la que
llamamos la Mansión Leloir, donde grabamos un par de episodios de Sesiones
Porteñas pero más que nada brindamos, comimos y reímos durante varios días. Nos
fuimos con amigues, perros, bebidas, flores, instrumentos, velas y lucecitas a
desconectar y crear juntxs.
También diseñó, conmigo y con Raúl, la estética de mi disco Amores Bonsái, y
fue la que sacó la foto de la tapa. Por cierto, Caro tiene unas canciones
buenísimas, no se las pierdan.
A veces se nos da por hacer intervenciones, como los baños de Kowalski, y los
llenamos de frases, de imágenes, de preguntas, de rostros, de personas, de
mensajes.
Henos aquí de nuevo, divirtiéndonos. Por muchas más, Paca.